
En la segunda etapa de la VOR el
Brasil tuvo una rotura estructural en la cubierta que le obligó
a recalar urgentemente en un puerto de Sur África para efectuar
la reparaciones necesarias. Se perdieron muchos días y la
posibilidad de alcanzar a la cabeza de carrera. Al volver a
salir camino de Melbourne, el último barco en carrera, el ING
estaba a más de 1000 millas por delante, pero no corría a toda
su potencia por culpa de problemas con el carril de la mayor.
Brasil1 estuvo durante muchos días
navegando con unas medias muy altas y recuperando millas día
tras día. El barco andaba a un régimen desbocado, aunque no más
que los ABNs en cabeza.

Ya no eran rociones... El
agua se colaba al interior, formando potentes ríos que
descendían por las escaleras, dando trabajo sin descanso a las
bombas de achique. En algunas ocasiones la cubierta desaparecía
casi completamente bajo las aguas de las olas que rompían en la
amura del casco.

En el fondo, tampoco era una
situación anormal en una carrera como la VOR, en la que los
barcos que compiten son auténticas bombas del 'Formula 1'
marino.
El viento
soplaba a 18 nudos, y las condiciones del mar eran suaves.
Navegábamos con gennaker y la mayor al máximo, quilla canteada y
el barco planeando a 20 nudos de velocidad. Mientras descansaba
en mi litera, escuché un repentino 'Bang'. Después de unos muy
largos y callados segundos se oyó el ruido del la fibra de
carbono desgarrándose. En pocos segundos estábamos todos en
cubierta observando todo el aparejo echado sobre la amura de
sotavento. El palo estaba partido en tres pedazos, de los cuales
el inferior permanecía levantado sobre la cubierta. El fragmento
central reposaba sobre la bañera y el superior oscilaba sobre las olas
pasada la popa del barco. Tuvimos mucha suerte de no tener
ningún tripulante herido.

Pasados unos minutos empezamos a
reaccionar. Cada uno se encargaría de una tarea, pero no
sabíamos por donde empezar. Todo ese amasijo de jarcias era una
autentica maraña de cables y fragmentos, algunos de ellos
punzantes. A todo la parte superior del palo en el agua golpeaba
el timón con el riesgo de romperlo. El mayor peligro en caso de
rotura de mástil suele ser la posibilidad de que este actué como
un ariete y rompa el casco haciendo un agujero a la altura de la
línea de flotación. Discutimos las opciones mientras otros
estivaban abajo lo que podían ir separando de la maraña.

Constantemente nos preguntábamos:
"¿Qué ha pasado? ¿Ha saltado algún obenque? ¿Por qué ahora, si no
llevábamos el barco a tope y las condiciones eran buenas?
Lo primero era evitar las
condiciones que podían originar más daños. Al mismo tiempo nos
dimos cuenta que no podíamos separar las velas del carril del
palo, pero necesitábamos todos los fragmentos y sobre todo no
podíamos romper la mayor que flotaba en el agua, ya que no sería
posible fabricar una nueva a tiempo para el resto de las etapas
de la carrera. Romperla habría sido una catástrofe total. Las
olas eran algo grandes, pero el viento aflojó un poco, de modo
que nos tranquilizamos y empezamos a actuar. Se trataba de
realizar el trabajo paso tras paso. Unos trabajaban separando
los tensores y herrajes, mientras otros ordenaban y guardaban
las piezas que se iban recogiendo. Andre Fonseca nuestro bravo
buzo, vestido con el neopreno y amarrado por un cabo se tiró al
agua para bucear en las frías aguas y cortar la driza de la
mayor en la cabeza del palo, que ya se empezaba a hundir.
También pudimos salvar el gennaker sumergido y recuperar todos
los fragmentos del palo. Un gran trabajo...
Teníamos que salvar el tercer
fragmento del palo tronchado ya medio hundido. Un
fragmento de 12 metros de longitud que seguía arrastrándose por
la popa y que ejercía mucha resistencia a la recuperación.
Fuimos recuperando metro a metro mientras cortábamos la jarcia
que lo retenía. No quedó ni unas sola pieza en el agua, a
excepción del medidor de viento de la cabeza del palo que se
perdió en el impacto.
Empezamos a preparar un aparejo de
fortuna con los 6 metros de palo que quedaron en pie. Todos
reaccionamos de maneras diferentes. Algunos muy tranquilos,
otros hablaban sin parar, algunos se comportaron de una manera
hiperactiva, y no podían dejar de trepar por el pequeño palo
para tratar de organizar algo u observar desde arriba toda la
escena.
Con el aparejo de fortuna y las
velas utilizadas para esta ocasión navegamos a cerca de 9 nudos
con vientos de 35 nudos, pero la tormenta que se acercaba nos
obligó a cambiar totalmente de rumbo y acercarnos haciendo norte
a la costa Australiana. Al cabo de unos días decidimos abandonar
la etapa y alcanzar la costa Australiana a la máxima velocidad
posible, es decir a motor, para poder tener el suficiente margen
de tiempo para reparar el barco, y comenzar la regata costera y
la 3º etapa en las mejores condiciones.
No teníamos combustible de modo
que 'quedamos' en mitad de alta con un pesquero para repostar.
Este nos dejó un 'rosario' de bidones atados a un cabo que
fuimos recuperando hasta conseguir unos 600 litros de
diesel y alimentos frescos!

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